Temprano, como un reloj, con sus utensilios de limpieza, Marina fregaba las dependencias del centro de negocios mientras veía pasar a los trajeados oficinistas. Sin perder la sonrisa, les deseaba a todos y cada uno de ellos un sonoro "buenos días". Pocos eran los que devolvían el gesto e incluso alguno parecía sorprendido y llegaba hasta a molestarse. Habían perdido la costumbre de saludar fuera del trabajo, cada uno iba a lo suyo, desearle una buena jornada a alguien era solamente una formalidad comercial.
A pesar del silencio que recibía a cambio, Marina no desistía en su actitud. Así todo el día, sin perder la sonrisa, a pesar del sudor que atestiguaba que su trabajo no era precisamente sencillo.
Al terminar la jornada, se subía a su humilde utilitario que guiaba hasta el hogar donde se encontraría con su familia, que sí le correspondía como merecía. Cenaban juntos enfrascados en una amena conversación. Marina se sentía feliz al fin y al cabo. Su familia cargaba la batería que necesitaba para tener la fuerza suficiente y continuar al día siguiente con la misma alegría.
Andrés estaba a punto de terminar su jornada en la oficina. Ni siquiera se fijaba en lo mucho que cambiaba cada vez que Marina pasaba por allí, en realidad, no sería capaz siquiera de describirla. Comenzaba a recoger el papeleo ciscado por la mesa cuando recibió la llamada de su jefe pidiéndole que se presentase en el restaurante de costumbre para cenar con un cliente. Tenían que cerrar un importante contrato. Telefoneó a su cónyuge para comunicarle que esa noche no contase con él a la mesa.
Sonia llegó a casa después de las clases de pintura y se sentó a descansar viendo la televisión hasta la hora de la cena. Cuando se sentó a la mesa y el personal de servicio comenzó a servirles, miró a su hermano menor con sorpresa y le preguntó a su madre:
-¿Y papá no viene esta noche a cenar?
-Tu padre tiene una importante cena de negocios.
-¿Y no puede hacer negocios en la oficina? -preguntó Pedro- Mis compañeros de colegio siempre cenan en familia con sus dos padres, a mi me gustaría tener una familia normal, ¿a ti no, Sonia?
-Por supuesto que sí.
Laura miró a sus hijos y un poco indignada por la falta de comprensión, preguntó:
-Sonia, ¿acaso no te gusta comprar ropa todas las semanas? Porque no te oigo quejar cada vez que vamos al centro comercial. Y tú, Pedro, ¿qué me dices si de repente dejamos de darte los caprichitos de los últimos videojuegos del mercado? Pues nada sería posible si tu padre no se dedicase a lo que hace. Es cierto que pasa muchas horas fuera de casa, pero su dinero nos permite vivir así de bien.
En ese mismo instante y en la otra punta de la ciudad, Marina cenaba con su familia. Sin grandes lujos pero todos juntos.
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