Llegó agotada a casa. Había sido una larga y triste jornada y por fin se encontraba sola, con la intimidad que necesitaba para llorar su pérdida.
Dejó el teléfono móvil sobre la mesa del salón y se acomodó en el sillón favorito de su padre. Ahora que ya no estaba con ella, necesitaba al menos sentir el abrazo de ese objeto al que nunca antes le había dado la importancia que cobraba en estos momentos. De repente, el teléfono comenzó a vibrar. Lo había puesto en silencio sin imaginarse lo mucho que le podría molestar el simple zumbido de la vibración. No hizo ni el amago de cogerlo, como tampoco le importaba en absoluto quién pudiera ser. Tan solo necesitaba ese momento consigo misma, dejándose abrazar por ese sillón que aún conservaba el dulzón aroma del perfume que su padre usaba desde hacía décadas. Cerraba los ojos y se imaginaba en sus brazos. No permitiría que nada ni nadie estropease ese instante.
El móvil volvió a vibrar y en esta ocasión logró que se irritase. Cuando cesó el molesto zumbido amplificado con los golpes que daba contra la madera de la mesa al moverse, se levantó decidida a apagarlo.
Cuando lo tomó, en la pantalla aparecía el mensaje 2 LLAMADAS PERDIDAS. La curiosidad hizo que antes de apagar el teléfono mirase de quién podrían ser: PAPÁ MÓVIL. ¡Imposible! ¿Quién osaría gastarle tan siniestra broma? Enfadada, apagó el teléfono y le retiró la batería. Fuera quien fuese, ahora no tenía humor para averiguarlo ni para ponerlo en su sitio, ya lo haría al día siguiente.
Se sentó de nuevo en el sillón, le dolía la garganta de aguantar el llanto hasta que decidió dejar correr libremente las lágrimas para desahogarse, algo que le sentó tan bien que sin darse apenas cuenta se quedó dormida.
Un sonido familiar la despertó sobresaltada. Le pareció imposible estarlo escuchando, se trataba de la misma melodía que tenía como tono para las llamadas de su teléfono, pero recordaba perfectamente haberlo dejado desmontado sobre la mesa sin batería.
Se levantó del sillón, se acercó a la mesa y allí estaba: su teléfono, sin batería, desmontado y con la pantalla iluminada, sonando. Lo cogió sorprendida de no sentir más miedo que curiosidad. En la pantalla se podía leer claramente PAPÁ MÓVIL. Plsó el botón verde para responder la llamada y tímidamente contestó.
-¿Diga?
Lo único que se escuchaba era el zumbido de la línea, pero nadie respondió.
-¿Diga? ¿Papá? ¿Eres tú, papá?
Nadie hablaba al otro lado. Posiblemente estuviese soñando, pero parecía un sueño tan lúcido y real que se le antojó dulce. Pensar que su padre podía estar escuchándola al otro lado le hacía sentir felicidad y le daba la oportunidad de despedirse de él. Así lo quería pensar y por ello su cerebro se había montado aquel maravilloso sueño.
-Papá, si estás ahí, me gustaría decirte que te quiero, ¿por qué te fuiste tan pronto y sin darnos tiempo a una despedida? Todavía no estaba preparada para perderte. Te echo de menos, papá. Espero que donde te encuentres seas feliz y no te sientas solo. Estoy segura de que ya te habrás encontrado con mamá, tu gran amor. Sobre todo, disfrutad de esa nueva etapa y no os preocupéis por mi, sé cuidarme sola, me has enseñado muy bien. Has sido el mejor padre que podía haber tenido.
En ese momento la línea se cortó interrumpiendo bruscamente su discurso. Cuando lo miró, el teléfono estaba de nuevo totalmente inerte.
Regresó al sillón y con la mirada fija en el techo del salón perdió poco a poco la consciencia atrapada por un dulce sueño que la trasladó hasta su infancia, junto a sus padres, en el que rememoraba viajes y juegos familiares.
Cuando despertó, recordaba perfectamente todo lo que había soñado y pensó que hubiese preferido quedarse perdida en el sueño antes que volver a la realidad en la que su madre faltaba desde hacía una década por culpa de una terrible enfermedad terminal y ayer mismo había celebrado el inesperado funeral de su padre tras sufrir un desgraciado accidente laboral al caerse del andamio en el que trabajaba en la construcción de un alto edificio de oficinas.
La claridad entraba a través de las ventanas y se percató de que el sol estaba muy alto, había dormido hasta casi el mediodía. Sintió un ligero dolor en su mano derecha y cuando fijó su mirada en ella vió que todavía sujetaba firmemente el teléfono sin batería. Lo había tomado con tanta fuerza que ni durmiendo se le había soltado. La palma de su mano había quedado dibujada con el contorno del dispositivo y adquirido una tonalidad casi morada.
Se levantó, le colocó la batería y lo encendió. Lo primero que hizo fue revisar la lista de las llamadas perdidas. No aparecía en ningún lado la que había recibido anoche. Estaba claro que lo había soñado. Revisó entonces las llamadas perdidas y tampoco había rastro de las dos que había recibido desde el número de su padre. Seguramente ya estaba dormida en ese momento, también lo habría soñado. Estaba claro que su cerebro se había descontrolado por culpa de los precipitados acontecimientos de la última semana.
Dejó el teléfono de nuevo sobre la mesa de madera del salón y nada más dar dos pasos hacia el cuarto de baño para tomarse una ducha que la espabilase y recuperase, sonó el tono de mensajes a su espalda. Resopló ycon resignación giró en redondo para tomar el teléfono con sus manos. Encendió la pantalla y pudo leer:
1 MENSAJE NUEVO - PAPÁ MÓVIL
Las lágrimas brotaron de los enrojecidos ojos y con su temblorosa mano abrió el mensaje que contenía tan solo dos palabras:
ESTOY BIEN
Mientras lo leía, un sentimiento de paz y de alegría invadió todo su ser. no podía dejar de mirar el mensaje y así estuvo hasta que la pantalla se apagó al cabo de unos segundos. Cuando la encendió de nuevo, ya no había rastro de aquel mensaje, pero ya no le importaba. Ahora sabía que todo lo que vivió aquella noche no había sido un sueño.