Imagen creada con la IA generativa de Grok.
Detuvo su recién estrenada berlina de alta gama en el peaje de la autopista, abonó el importe correspondiente y reanudó su camino. Unos segundos antes había salido un pequeño utilitario que a pesar de su tamaño debía poseer un buen motor bajo el capó porque demostró una estupenda aceleración inicial. De todas formas, nada comparable a la potencia de su recién estrenado taxi. Desde hacía unos días podía presumir de ofrecer el servicio en el mejor vehículo de la ciudad y eso le garantizaba más clientela de clase acomodada. Habían sido muchos años de duro esfuerzo hasta lograr al fin ese sueño. Ahora tenía la oportunidad de demostrar a su pasajero que viajaba en el mejor y más rápido transporte de la zona.
Cuando salieron del área de incorporación, ya en los carriles de la autopista, había logrado dar alcance al otro conductor y ambos circulaban a la par; sin embargo, el velocímetro marcaba ya los ciento treinta y cinco quilómetros por hora, quince por encima del límite legal permitido por la normativa vigente de tráfico y no deseaba para nada soltar el acelerador y ceder el carril a ese renacuajo que osaba retarlo. Para evitar un posible impacto, el otro conductor, lejos de reconocer su inferioridad, osó cambiar de carril retándolo a proseguir la carrera. ¿Qué se habrá creído? ¡Menudo iluso!
Su rival no parecía rendirse faltaban pocos metros para que la calzada dibujase una curvatura más cerrada de lo habitual, por lo que decidió dejarse de tonterías y pisando el acelerador a fondo, puso su máquina a doscientos quilómetros por hora rebasando al otro vehículo sin dejar de observar y satisfacerse por la cara de sorpresa que mostraba. Quizás había aprendido una lección: con los más grandes no te puedes meter.
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Marc no llegaba a entender la reacción de ese taxista que de repente se había puesto a su derecha en un momento en el que ya no podría incorporarse a la autopista si no le hubiese cedido el carril. Por suerte, a su izquierda no circulaba nadie en ese momento, de lo contrario, el conductor del taxi podría tener problemas para evitar estrellarse. Tampoco comprendía el motivo que había llevado al conductor del servicio público a no dejarlo de nuevo incorporar a pesar de no conducir nada lento, teniendo finalmente que reducir velocidad para colocársele detrás. Desde su posición, pudo ver como el taxista llegaba a la curva con un exagerado exceso de velocidad y sufría serias dificultades para dominarla, culeando un par de veces antes de recuperar estabilidad.
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Pau sintió palpitar su corazón descontroladamente. Cuando se subió al cómodo taxi agradeció su suerte, nunca hubiese imaginado el tremendo susto que le deparaba el loco conductor que lo guiaba.
A pesar de la suavidad del vehículo y de que apenas se notaba el contacto con la carretera, pudo sentir perfectamente como se perdía el control al llegar a la curva y se desplazaba de un lado a otro por la inercia al perder la adherencia de las ruedas traseras con el asfalto. Sin embargo, decidió permanecer en silencio para evitar excitar a ese lunático y agradecer a todos los dioses habidos y por haber el poder continuar a salvo su viaje. No obstante, no volvería a contratar sus servicios en lo que le restaba de vida; eso lo tenía muy claro.